El hombre tiene un crecimiento tardío en comparación a la mujer, si bien algunos dan una edad en específico, todo depende de la edad biológica del individuo. Es realmente impresionante ver los procesos que uno vivió,
en un niño que tiene meses o unos años de vida.
Lloran, sonríen, dicen vocales, balbucean, juntan silabas, ¡dicen su primera palabra! ¡Papá! ¡Mamá!. Gatean, intentan pararse, caminan, se caen, hasta llegan a correr si lo desean.
Lo que hacen estos bebés es asombroso, para un infante es todo un logro, no obstante, es algo muy común para alguien de 20 o de 60 años. Probablemente habrá más de un padre o una madre que recuerde el día en que mencionó su nombre o lo grabe para así mostrarlo en la posterioridad.
Y el curso de la vida, sigue frenéticamente. Por más que aquellos padres nunca quieran que crezcan sus “pequeños” estos un día irán a kínder, estarán en primaria y secundaria. Algunos seguirán hasta la Universidad e incluso otros consigan su post grado.
Alrededor de los 21-24 años, ese bebé se convirtió en adulto (en algunos contextos culturales), dado que siguió al pie de la letra todos los canales de aprendizaje que nos proporciona la cultura en que vivimos. Es en esa edad en que los jóvenes, comienzan a ser más autónomos debido a que ya han adquirido la educación necesaria para enfrentar el mundo.
Ya sea que estés de acuerdo o no con el modelo educacional, ese no es el punto que quiero tratar. Sino más bien decir, que durante esos 20 y tantos años estuviste aprendiendo día a día diferentes tópicos, algunos que amabas como música, arte, historia tal vez y otros que odiabas con todo tu ser como Matemáticas, Física o Química. Sin embargo somos todos muy diferentes, algunos dirán ¡me encantan las matemáticas! y otros dirán ¡odio la música!
El tema es que estuviste aprendiendo (o intentando al menos) algo que amabas y algo que odiabas. Sin embargo, llega un tiempo en que terminas la formación estructurada o académica donde sólo empiezas a reproducir lo que aprendiste alguna vez. Y esto es realmente tedioso, más de alguno puede recordar a alguna persona o a algún profesor que siempre explicó algún tópico de la misma forma e incluso con las mismas palabras vez tras vez.
Es como si alguna extraña magia se apoderara de nosotros, llega el momento y repetimos, repetimos cosas que alguna vez fueron novedad, pero que con el paso del tiempo pasaron a ser temas incluso lateros. No hay creatividad, no hay novedad, no existe en cosa alguna, un momento adecuado para la reflexión.
Se acabó la chispa, esa fuerza incontenible de expresar que tenía ese niño al nacer. Todo se volvió plano y sin sobresaltos.
Si hacemos una revisión de las personas que conocemos, podemos incluso hacer una lista de aquellos conocidos que a nuestro juicio nunca crecieron o que han dejado de hacerlo. “Uno conoce a su gente” probablemente más de alguna vez lo hemos dicho. Pero el punto central no es identificarlo en otros (tal vez sea buena idea para así despertarlos), sino que ver lo que ha pasado con nosotros.
Niños, adultos y ancianos, les escribo a todos por igual. Hombres, mujeres ¿Qué nos pasó? ¿En qué momento dejamos de crecer? ¿Fue cuando se acabó el crecimiento biológico? ¿Cuándo empezó la primaria, secundaria o vida universitaria?
Si nunca frenamos nuestro día (que incluso puede ser muy productivo), si rara vez preferimos reflexionar o meditar en vez de entretenernos o “informarnos” con lo que nos dice nuestros aparatos tecnológicos, puede ser que ya estemos en camino de haber encontrado la respuesta.
